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sexta-feira, 11 de agosto de 2017

El monje es aquel que desea, al menos, unificar el corazón y tenerlo por entero para el Señor.


 

Mi corazón para el Señor

Dicen que hay quien domina enteramente el cuerpo, con fuerte ascesis y disciplina. Los hay que dominan la mente y el pensamiento por la concentración y el ejercicio de la meditación. El monje es aquel que desea, al menos, unificar el corazón y tenerlo por entero para el Señor.
Cada ser humano lleva un monje dentro, que reclama al mismo tiempo la relación amorosa y la unificación interior. Porque cada uno hemos sido creados como sujetos únicos y cada uno tenemos la llamada esencial de ser enteramente para Dios.
Cuando la persona da crédito a su vocación primera, la de estar a solas con Dios solo, en el jardín, para gozar de su amistad más íntima, llega a ver el destello de la iluminación, alcanza a oír la Palabra engendradora del gozo más profundo: “Tú eres amado”, y a sentir la presencia que le envuelva, a la vez que le habita, en un abrazo que le sumerge en la experiencia de saberse hijo de Dios, amado enteramente por Él.
Cada uno hemos podido percibir los efectos que se siguen cuando se lleva una vida dispersa, agitada, ansiosa, evasiva, inquieta, y lo que se siente y gusta en el momento en el que se entra al espacio interior, aunque sólo sea por un instante. La paz del corazón, el gozo sereno, la percepción del susurro amable, la brisa que envuelve al quedar sumergido en la certeza de saberse amado, sin dependencia ni fragmentación.
Prueba a dar crédito a lo que algunos testigos han confesado, para estímulo de sus hermanos: “Nos hiciste para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti” (San Agustín). “Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada el falta, sólo Dios basta” (Santa Teresa de Jesús).

Dios se ha revelado

Jesucristo nos ha revelado la plenitud humana. Él amó con corazón de hombre y se entregó hasta el extremo de morir por sus hermanos. A su vez, Él nos reveló la intimidad que mantuvo con su Padre Dios, secreto de los que por gracia del Espíritu Santo comprenden dónde está la fuente, el manantial del amor. “Gocémonos, Amado, y vámonos a ver en tu hermosura al monte ó al collado do mana el agua pura; entremos más adentro en la espesura” (San Juan de la Cruz).
“El amor de Dios ha sido derramado en nuestro corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Romanos 5,5). Abrámonos al huésped que nos habita, más interior que nuestra propia intimidad, y allí nos recreemos, como aseguraba San Agustín: “Tarde te amé, Belleza siempre antigua y siempre nueva. Tarde te amé. Y, he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera. Y por fuera te buscaba. Desorientado, iba corriendo tras esas formas de belleza que tú habías creado. Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo…”.
Te deseo que gustes el saberte habitado, y llamado a la relación más íntima con Dios.