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quarta-feira, 9 de agosto de 2017

Ser monje en el siglo XXI

Abbaye de Solesmes


Ser monje en el siglo XXI

El corazón de nuestra vida monástica es el Evangelio anunciado hace 2000 años por Jesucristo. Su forma concreta la tomamos de la Regla de San Benito redactada hace 1500 años. Como monjes del siglo XXI, nos consideramos humildes herederos de una tradición de más de mil años.
Sin embargo, creemos que debemos enfocar nuestra mirada en el futuro más que en el pasado. En primer lugar, en tanto que herederos tenemos la responsabilidad de transmitir lo que hemos recibido y enriquecerlo. La tradición, o bien está viva o bien no existe. Pero también, y principalmente, porque nuestra tarea como monjes es enfocar nuestra mirada en el Dios que está en camino, ser testigos del mundo que vendrá.
Sin embargo, somos hombres de nuestro tiempo, no podemos negarlo. Jesucristo, a quien intentamos seguir fielmente, fue completamente un hombre de su época.
Ser monje en el siglo XXI es, sin duda, un desafío. El desafío de encarnar en la actualidad el ideal de la vida monástica como lo describió la Regla de San Benito. A menudo nos preguntamos: « ¿Qué debería cambiar de nuestra manera de vivir y qué no para que seamos verdaderamente fieles a la Regla de San Benito? De entre las novedades de nuestra época, ¿qué podemos aceptar que entre en nuestro monasterio? ¿Qué debemos dejar fuera? » A menudo nos planteamos esta cuestión sobre las nuevas tecnologías. Sabemos que una tecnología nunca es mala en sí misma, pero que podemos darle un mal o un buen uso. Con Internet, un monje podría recorrer el mundo entero sin salir físicamente del monasterio, ¿estaría respetando realmente la clausura que San Benito quería para sus discípulos?
Concretamente, ciertos servicios como la bodega (es decir, el economato del monasterio) o la editorial tienen acceso a Internet. Los monjes que lo necesitan para su trabajo también pueden recurrir a Internet. Utilizado con disciplina y discernimiento, Internet se convierte en una herramienta formidable que en último término protege la clausura: ahora podemos realizar ciertas tareas desde el monasterio, mientras que en el pasado nos obligaban a salir de él.

Valores


En nuestra vida monástica queremos seguir los pasos de Jesús el Cristo, quien fue pobre, casto y obediente durante su vida terrenal. Intentando imitar esos aspectos de su vida, tomamos votos de pobreza, castidad y obediencia, tratamos de configurarnos a imagen de Él, el Hombre Perfecto, y al mismo tiempo intentamos cooperar con Él por el bien del mundo. Mediante el voto de estabilidad en el monasterio y la separación del mundo buscamos comprender que este mundo visible no es la realidad última: esperamos el glorioso retorno de Cristo, que inaugurará el Reino de Dios, donde ya no habrá muerte ni sufrimiento. Manifestamos esta espera principalmente al levantarnos todas las mañanas antes del amanecer para celebrar el oficio de vigilias. Dijo Jesucristo sobre su retorno glorioso: "Velad, porque no sabéis el día ni la hora" (Mc 13, 33).
Si renunciamos a bienes como el matrimonio, la familia y la participación en la sociedad es con el fin de estar completamente disponibles para lo Único necesario, es decir, para Dios. Así somos más libres de seguir el camino trazado por San Benito en su Regla: buscar a Dios (cap. 58). A decir verdad, es Dios quien encuentra al hombre primero. Pero también queremos, bajo la guía del Espíritu Santo, adentrarnos en el camino hacia Él con el fin de honrar el gran regalo que nos hace: su amistad. En el monasterio, todo está organizado para favorecer la intimidad con Dios. La arquitectura del monasterio dispone todos los edificios alrededor de la iglesia abacial y el claustro, dejando clara la orientación interior. Nos encontramos con Dios, ante todo, durante la plegaria personal y litúrgica, pero también mediante la lectio divina. Nos encontramos con él en el Padre Abad, que San Benito describió como representante de Cristo en el monasterio. También nos encontramos con Él en nuestros hermanos, especialmente los enfermos y los más débiles. Por eso nuestros periodos de ocio son importantes para nosotros. Nos encontramos con Él también en los visitantes, mediante el trabajo manual. Así, toda nuestra vida se basa en la contemplación de Dios y nos prepara para la vida en el Cielo, donde contemplaremos a Dios eternamente y lo adoraremos junto con los ángeles.


La Regla de San Benito


El documento que organiza nuestra vida práctica y espiritual es la Regla de San Benito. Benito fue un joven noble nacido en Nursia (Italia) alrededor del año 480. Abandonó rápidamente los estudios de letras que había comenzando en Roma en pos de una vida solitaria. Como cada vez sus discípulos eran más numerosos, fundó en primer lugar el monasterio de Subiaco y después el de Montecasino, donde murió en el año 547. Antes redactó una regla para organizar la vida de los monjes y orientar su espiritualidad. El Papa San Gregorio Magno, que relató la vida de San Benito en sus Diálogos, resaltó su discreción, es decir, su preocupación por la moderación en todas las cosas. San Benito quiere que el Abad gobierne de tal forma que « los fuertes tengan el deseo de mejorarse y los débiles no se desanimen » (cap. 64).
Además de la forma concreta de organización de la vida monástica, la Regla también describe las virtudes monásticas que son la obediencia, la humildad y el espíritu del silencio. Organiza la liturgia monástica al detalle, llamada Opus Dei por San Benito: la Obra de Dios. Es el corazón de la vida del monje.
San Benito otorga una importante posición al Abad: representa al Cristo dentro del monasterio. También exige de él una sabiduría y doctrina ejemplares. San Benito advierte al Abad que él es responsable de la obediencia de sus discípulos. Debe hacer, por tanto, todo lo que esté en su mano para conducir a sus discípulos a la santidad y hacerse « querer más que temer » (cap. 64).
Al final de su Regla, algunos capítulos representan la quintaesencia del espíritu de San Benito. Insisten en la caridad que debe unir a los monjes: no deben condenarse unos a otros sino obedecerse unos a otros. Cada uno debe buscar cómo honrar a sus hermanos, dando más prioridad a los intereses de ellos que a los suyos propios (cap. 72).
Pero la Regla no es un fin en sí mismo. El propio San Benito dijo que no era más que un « esbozo de una regla » (cap 73). Sirve para encaminar al monje, para abrirle horizontes infinitos de doctrina y de virtud. Aquél que la practique alcanzará, con la ayuda de Dios, la patria celestial hacia la que se dirige.
En el monasterio, leemos la Regla de arriba abajo tres veces al año, como lo pedía San Benito (cap. 66). El Padre Abad la comenta todas las tardes en la reunión en la sala capitular antes del rezo de Completas.

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Este periodo contiene momentos importantes: la toma de hábitos, en las que recibe el hábito monástico, y la profesión simple, en la que hace sus votos monásticos durante tres años. Sólo tras pasar seis años en el monasterio puede el candidato convertirse en monje de forma definitiva y realizar los votos solemnes.


Convertirse en oblato


lectio manuscrit
Tanto hombres como mujeres pueden, sin ser monjes, unirse a nuestra comunidad por un vínculo especial al que llamamos oblación.
La oblación es una promesa en la que el oblato se compromete a buscar la perfección de la vida cristiana inspirándose en la Regla de San Benito, con el apoyo de nuestra comunidad. El oblato busca por tanto vivir en el mundo, pero en base al espíritu de la Regla de San benito. El silencio y la paz, la obediencia y la humildad ostentan posiciones importantes en su vida espiritual. El oblato se une tanto como puede a los rezos litúrgicos de su monasterio. Así desarrolla al máximo la Gracia de su Bautismo, en el corazón de la Iglesia.
Los oblatos están bajo la dirección del maestro de oblatos. Su promesa se realiza tras al menos dos años probatorios y de formación.

Rezar, leer y trabajar


El lema Ora et labora, "ora y trabaja", se le atribuye a la Orden de San Benito. En realidad, esta fórmula es posterior. Para que describiera nuestra vida de forma precisa, debería ser Ora, lege et labora, "reza, lee y trabaja". La plegaria, la lectio divina (es decir, el estudio a modo de plegaria de la Palabra de Dios) y el trabajo son en efecto los tres pilares que sustentan nuestra vida, ya que son los medios privilegiados que tenemos para encontrarnos con Dios.

Rezar

La plegaria es, sin ninguna duda, un momento de intimidad con Dios. No es otra cosa que un diálogo íntimo con el Señor.
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Leer

La lectio divina es del mismo modo un momento de intimidad con Dios. La lectio divina es un periodo de tiempo en el que escuchamos la Palabra de Dios, que nos fue entregada en la Biblia, por supuesto, pero también en la Tradición Eclesiástica, los escritos de los Padres y Doctores de la Iglesia, las vidas de los santos.
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Trabajar

El encuentro con el Señor también se da durante el trabajo. También en el capítulo 48 de su Regla, San Benito explica que "la ociosidad es el enemigo del alma" (cap. 48) e insiste en que cada monje debe ser diligente en el trabajo que le sea asignado.
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La vida fraterna


La vida fraterna es, junto con la lectio divina, la plegaria y el trabajo, otro medio fundamental para encontrar a Dios. Dijo Jesucristo: « Lo que hagáis al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo haréis » (Mat 25, 40). Por eso San Benito dicta al principio del capítulo de su Regla dedicado a la acogida de huéspedes: « Recibiremos a todos los huéspedes que se presenten como al Cristo mismo » (cap. 53).
Pero Dios también se nos presenta en nuestros hermanos, especialmente en los que sufren. San Benito es muy claro: « Antes y sobre todo, cuidaremos de los enfermos y los serviremos como si fueran Cristo en persona » (cap. 36). Creemos plenamente que cada uno de nuestros hermanos fue creado a semejanza de Dios y que es un hijo de Dios. Cuando hablamos con nuestros hermanos, Dios se manifiesta en nosotros. Por este motivo, los momentos que pasamos acompañados unos de otros, las actividades de ocio y los paseos son muy importantes para nosotros.
San Benito insiste mucho en su Regla sobre la calidad de las relaciones fraternales: « Los monjes deberán ser los primeros en honrarse mutuamente; atenderán con la mayor paciencia a las enfermedades de los otros, físicas y morales; se obedecerán unos a otros sin descanso; ninguno buscará lo que le sea útil a sí mismo, sino al otro; se prodigarán la caridad de los hermanos en absoluta pureza » (cap. 72).
De acuerdo con lo que dicta San Benito, tratamos ejercer la caridad fraternal en su máximo exponente en nuestras vidas. Lo hacemos a través de un gran número de pequeños gestos, como caminar al mismo paso que nuestro acompañante o preparar un pequeño ramo de flores para el hermano que celebra una fiesta.
Pero también sabemos que la vida fraternal es un reto: a veces, en vez de ser un reflejo de Dios, podemos llegar a convertirnos en una pantalla que sólo nos refleja a nosotros mismos. No somos santos, sino pecadores que se esfuerzan por cambiar con la ayuda de Dios y la luz del Evangelio. Por esta razón, San Benito dicta que la plegaria del Padre Nuestro sea recitada por completo en voz alta en Laudes y Vísperas: « porque como suelen aparecer las espinas de los escándalos, para que los hermanos se reúnan por la promesa que se hace en la plegaria que dice: "Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden" y así se purifiquen ellos mismos de esta falta » (cap. 13).
Nuestra vida fraternal no está libre de dificultades. Pero también es, sin lugar a dudas, una de las mayores alegrías de nuestra vida.

latin



La liturgia


La liturgia es la plegaria que Jesucristo entero, cabeza y miembros, dirige al Padre a través del Espíritu Santo. Nosotros rezamos en la Iglesia en tanto que miembros del Cuerpo de Cristo. Ahí cantamos los salmos, rezos que forman parte de la Biblia -la Palabra de Dios. Así, oramos a Dios a través de la propia Palabra de Dios. Él es el principio y el fin de nuestra plegaria. San Benito llamaba a la liturgia Opus Dei, la Obra de Dios, puesto que Dios es el sujeto a la vez que el objeto. Le otorga una gran importancia: no menos de quince capítulos de su Regla están dedicados a ella. Sobre todo, San Benito exige del monje que « no prefiera nada antes que la Obra de Dios » (cap. 43).
Para la celebración habitual de la misa y el oficio divino, alabamos a Dios por el don de la vida y el don aún más maravilloso de su amistad, pues quiso que todos los hombres fueran sus hijos. Celebrando la liturgia con esmero entramos en la dinámica de la Creación, que otorga más gloria a Dios por la belleza que ha recibido de Dios. La atención por la belleza que caracteriza a los monjes se manifiesta principalmente en la liturgia.
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